El llamado Alpinismo Heróico y su Utilidad - Teógenes Díaz

Un rincón para aquellas personas que adoran las montañas, leen y meditan sobre ellas bajo un inmenso e infinito cielo. Como dijo Lionel Terray: "Bajo otros cielos otras montañas nos esperan"

Moderador: Guadaña

El llamado Alpinismo Heróico y su Utilidad - Teógenes Díaz

Notapor viaclasica » Lun Abr 03, 2017 4:22 pm

Es creencia todavía bastante extendida, aún entre personas aficionadas a la montaña y sus variantes, la perfecta inutilidad de las denominadas escaladas.

¿Qué razón hay y cuáles pueden ser los motivos que llevan a un hombre a acometer la ascensión de una gran pared o de una montaña imponente con peligro de la propia vida?

Si a costa de un derroche de valor y energía física logra poner el pie en la cima anhelada, ¿qué ha conseguido?

Y si, por último, una contingencia, hija de la temeridad de la empresa, le despeña, ¿cuál ha sido el resultado que se deriva de su muerte? ¿Beneficia en algo a la humanidad? Es más, ¿reporta un positivo resultado el culminar la montaña hasta entonces virgen?

La amplitud tan extraordinaria de estas preguntas y el gigantesco campo que abre ante ellas hace necesario antes de responderlas un breve raciocinio sobre los resultados de la mutua influencia que entre los hombres describen sus actos y un juicio sintético de la historia del alpinismo.

Comenzando por lo indicado primeramente, podemos asegurar elementalmente que en toda acción humana hay dos resultantes: una atañe exclusivamente al individuo que la produce, otra a la colectividad que le rodea y aun en aquellas acciones más puramente individuales siempre existe una influencia que alcanza, de forma más o menos directa, a esta colectividad; esta influencia, para algunos individuos, se transforma en simplemente imitativa, para otros implica una necesidad física de superación; así, pues, un hombre, al realizar una acción cualquiera, deja tras ella esta influencia que quizá, aisladamente, llegue a parecer imperceptible, pero si tenemos en cuenta la suma de hechos semejantes realizados por otros hombres y englobamos todos los resultados en uno solo, quedará palpable el ejemplo imitativo, la fuerza sugestiva que lleva en tí toda acción aislada y repetida. Sin embargo, el mérito, la valoración del acto imitativo no está en seguir puramente por otro hombre lo ya trazado; reside en profundizar, en elevar, en ampliar las bases que sirvieron de partida a la idea primitiva y crear nuevos puntos de vista, nuevos derroteros que sirvan a la idea principal como los afluentes sirven al río donde confluyen.

Ahora bien, si tenemos un hombre de poderosa personalidad, cuyas acciones tengan por sí solas la suficiente fuerza sugestiva para influenciar una gran masa de hombres, habremos hallado lo que podemos llamar un hombre-tipo. Estos hombres-tipos son los que han redactado la historia; el resto de la humanidad no ha hecho más que seguir sus doctrinas y sus ejemplos.

De estos hombres los ha habido conquistadores, que han excitado el ánimo más o menos belicoso de sus pueblos y huestes, lanzándoles sobre otras fronteras y otros pueblos; los ha habido profetas, creadores de religiones, que con su palabra arrastraron a las muchedumbres, cambiando su psicología y dando lugar a verdaderos ciclos históricos; los ha habido científicos. que enclaustraron su vida en pro de la ciencia, abriendo caminos al mundo y depurándolo lentamente de los funestos prejuicios de la ignorancia; los ha habido exploradores. hombres de voluntad tenaz, que dominando contingencias y voluntades contrarias se lanzaron a empresas azarosas y valientes, y lo mismo atravesando mares, que trepando montañas, que recorriendo llanuras. enseñaron a los demás hombres, juntamente con el descubrimiento de vastísimas regiones del globo, los tesoros de energía oculta que es capaz de aquilatar la máquina humana; es decir, enseñaron a los demás hombres a adquirir confianza en sí mismos, a tener conciencia de la propia fortaleza.

A éstos nos vamos a referir, ellos nos darán la prueba convincente de su ejemplo y, entre los mismos, entre sacaremos aquellos cuyas hazañas y proezas constituyen la razón de ser del presente artículo.

Tenía que depurarse la humanidad y el resplandor de la ciencia ilumina los cerebros para que en 1786 dos hombres, Balmat y el doctor Paccard, experimentasen el deseo de poner el pie en la cima impóluta del Monte Blanco. Puede decirse que la primera página de la historia del alpinismo se abre con ellos.

De Saussure, el iniciador de estas primeras tentativas, no era, sin embargo, el prototipo del alpinista; su deseo de escalar las cumbres desconocidas llevaba como acicate la perspectiva de maravillosos descubrimientos científicos; casi todas las ascensiones realizadas.

En aquella época estaban inspiradas en el mismo fin; eran chispazos precursores del movimiento alpinista que iba a nacer. Pero tenía que pasar más tiempo; deshacerse las tenebrosas leyendas que giraban alrededor de la montaña y comprender los hombres que aquellas gigantescas moles de granito, envueltas de nieve y empenachadas de niebla, eran pedestales de una gloria que esperaba en sus cimas el abrazo del primer ser humano, para que la parte sana de las juventudes de los países más civilizados se lanzasen, en reñida competencia, a desflorar la virginidad de las cumbres de los Alpes.

El iniciador, el verdadero padre del alpinismo moderno, fue Eduardo Whymper, hombre de voluntad férrea, dotado de maravillosas facultades alpinas, saturado de ese amor misterioso y poco común que hacía vibrar su alma en la presencia de un picacho atrevido, con la emoción de un sentimiento que arrastra y fascina. Era el inglés el acabado prototipo del hombre de montaña; nació alpinista; hijo de un país esencialmente marítimo, sus instintivas aficiones le encaminaron al corazón de Europa, a enfrentarse con los colosos de hielo. No eran ni las emociones de los viajes, ni la atracción turista, ni el deseo de algún descubrimiento los que le llevaban a los valles de Suiza, era el magnetismo de sus montañas, la visión del imponente Cervino, con sus acantilados a pico sobre Zermatt y su cima gigantesca, que atacó con su tenacidad característica hasta convertirla en escabel de su propia voluntad.

El ejemplo que dejó Whymper con la resonancia de sus hechos y la enseñanza de sus libros, orientó hacia los Alpes, hasta entonces casi desconocidos, una pléyade de jóvenes de todos los países, muchos de los cuales, como Mummery, Guido Rey y otros, fueron dignos discípulos del sin igual maestro.
Hoy día, los valles de los Alpes han sido recorridos en todos sentidos; su más insignificantes picos conquistados; sus grandes paredes surcadas por “vías de extrema dificultad”; una corriente de turismo internacional ha invadido sus pueblos, hoteles, sanatorios y múltiples medios de comunicación hacen factible la vida regalada del hombre moderno en medio de la austeridad de la naturaleza; gentes sanas, delicadas o enfermas física y moralmente, van a curar sus dolencias y sedentar su espíritu en la paz de sus retiros y en la tranquila visión de sus montañas.

¿Es esta la obra de Whymper? Una parte nada más. El verdadero fondo de ella, el principal, el que tuvo carácter de excepcional, por ser el primero, fue el que enseñó a los demás hombres que «donde hay una voluntad hay un camino»; el que supo, venciendo el carácter de la época, despertar el deseo de trepar a las montañas inescaladas, teniendo como único fin pisar la roca cimera y como estímulo valorar Ios más puros sentimientos del hombre al elevarlos sobre las más grandes fuerzas de la naturaleza. Solamente la vida de Whymper bastaría a demostrar la importancia que tiene ese alpinismo heroico, como hoy se le llama, para diferenciarlo del sosegado y pacífico que más viene a ser mero excursionismo. Pero hay otros dos ejemplos más, mejor dicho, uno y varios, que no quiero dejar pasar de largo, como mayor ratificación del anterior. El primero es el del duque De los Abruzos; prócer ilustre, desdeña la vida que le brinda su posición y emplea su fortuna en empresas a las que le lanza su espíritu de explorador; intenta conquistar el Polo Norte, sube al M, Elías. en Alaska; al Ruvenzori, en Africa. y no pudiendo, por razones ajenas a él, atacar el Everest, en él Hímalaya, sube a otro de la misma cordillera, en donde alcanza una altitud de 7.500 metros, la más alta después de la obtenida por los héroes que murieron en la expedición inglesa del año 24 al Everest. Estos hechos. estas hazañas de unos cuantos humanos, superhombres de energía física y moral, dan ejemplo maravilloso de la capacidad, de la medida de fuerza que puede dar el hombre, encauzada y sostenida por la voluntad y el valor.

La nobilísima lucha del ser humano contra la naturaleza. para conocer y dominar sus más inextricables rincones, llega a un grado de grandeza sublime cuando se ataca a la montaña. Esta, con sus picos eternamente nevados, sus abismos que reflejan el constante fragor de las avalanchas, la mole de sus contornos que parece alejar toda tentativa de escalada y la espléndida soberanía de sus alturas, son de por sí valores más que suficientes para que hombres que sienten la influencia de lo sublime con la intensidad de una verdadera pasión, levanten la vista hacia las cumbres cimeras y olviden todo, menos la visión mágica de aquella punta de roca suspendida en el cielo.

El alpinismo, creciendo constantemente y ensanchando cada vez más su radio de acción, ha llegado hoy día a dominar todas las montañas del globo; y cosa extraña, la nación que ha proporcionado mayor número de alpinistas de fama mundial ha sido Inglaterra y, en cambio, países tan esencialmente alpinos como Baviera, mucho menos. Esto quizá explique porqué los que sentían aficiones alpinas en el primero, se veían obligados a salir de su país para ejercitarlas. mientras que los bávaros tenían bastante trabajo sin salir de su casa. El caso es que la Gran Bretaña ha proporcionado grandes alpinistas: Freshfield, en el Cáucaso; Whymper, en los Alpes; Conway, en los Andes; Workman, Kellas, Mallory e Irvine y, por último, el coronel Hunt, jefe de la expedición triunfal al Everest el año 53, supieron colocar muy alto el pabellón de su patria en las más altas cimas de la tierra.

Pero la hazaña del alpinismo más extraordinaria ha sido la conquista del monte Everest, imponente cumbre de hielo, la más alta de todas las montañas, batida casi constantemente por huracanes que mueven como un inmenso océano la polvareda de nieve, defendido más que por sus abismos por la rarefacción del aire y la falta de presión -abismos cien veces imponentes; el día que el hombre puso allí su planta, no más que breves momentos en su cima inhospitalaria, que más parece pertenecer a las regiones del éter que a las de la tierra, ¿qué resultado práctico ha conseguido?

La respuesta es evidente. La visión de los escaladores que lucharon para alcanzar la suprema altura enseñará a los hombres a elevar sus miradas hacia las cumbres de los montes, a no bajar la vista hacia el suelo y a no contemplar, aunque sólo sea por un instante, algo puro y grandioso, de dar satisfacción a este sentimiento de aspiración hacia la luz, que cada uno posee en el fondo de su alma. Ya no se verán más obsesionados por la idea de que no más que simples hormigas al lado de las montañas, de no tener ninguna importancia con relación a lo que les rodea.

De esta confianza que el hombre adquiere delante de la montaña se derivan diversos resultados prácticos; hace un siglo, la ascensión del Monte Blanco parecía estar al límite de la resistencia humana; hoy, centenares de turistas suben todos los años a su cumbre.

Digno alpinismo el llamado alpinismo heroico, más que heroico, sublime, cuyas páginas están llenas de la belleza diáfana de una lucha que lleva por ideal un sentimiento de ponderación inmarcesible; el sentimiento de la superación del propio individuo. Por eso el alpinismo, el amor a la montaña por la montaña, no podía desarrollarse en épocas antiguas; necesitaba para ello un período educativo de los propios valores del hombre, un conocimiento de los recónditos ideales que no podía alcanzar más que por el influjo de la cultura.

Así, pues, la utilidad del alpinismo. del alpinismo heroico, es más bien moral que material, y como materialmente tiene una extensión muy grande, pues heroicas han sido todas las ascensiones que han dado a conocer a la humanidad que el Ser sobrenatural la dio sobre la tierra, de ella se desprende su importancia moral como maravilloso medio de educación y elevación de los sentimientos. Ya sea aislado, ya sea de carácter general, su importancia es idéntica, pues lo mismo representa en la balanza de los hechos la gran expedición que conquista un gran pico que el oscuro montañero que se afana en vencer la cumbre enriscada de la peña anónima; los primeros demuestran de lo que vale el valor y la energía, junto con el sentido práctico y el entusiasmo; el segundo demuestra lo mismo, pues hace con ello un magnífico alarde de esa energía puesta al servicio de la voluntad y de la firme vitalidad de su raza.

Teógenes Díaz “Teo”.

Fuente: Publicaciones Peñalara.
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Re: El llamado Alpinismo Heróico y su Utilidad - Teógenes Dí

Notapor edunazal » Jue Jul 20, 2017 2:59 pm

Me ha encantado VC.
Gracias!!! :)
Que subidón, por Dios!!!
Edu.
edunazal
 
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