Torreón de los Galayos Por Francisco Caro del G.A.M

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Torreón de los Galayos Por Francisco Caro del G.A.M

Notapor viaclasica » Mié Mar 15, 2017 12:34 pm

Es una noche cerrada, sin luna, de esas noches en que cuesta trabajo distinguir la sombra de nuestros compañeros e incluso la de las montañas; pero de repente un resplandor me ciega: un estallido de luz inunda mi retina y me hace mirar para otro lado. Es que alguien me ha enfocado con su linterna. Cada vez que se mueve veo un rayo de luz en la oscuridad. Y ahora, como si la montaña tuviera un poder mágico, el Torreón se ilumina. Parece como si todas las linternas, a una, se hubieran dirigido hacia él. El ruido del viento hace gritar misteriosamente a las cimas.

Más tarde, en el saco, me despierto y recuerdo aquellas luces, aquel momento misterioso en que el Torreón se iluminó. Desvelado pienso en que, aunque pequeñas, son maravillosas nuestras montañas.

Mañana iremos al Torreón. Y así, llega de nuevo la oscuridad del sueño.

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Amanece, y después de vestirme apresuradamente salgo fuera del Refugio para ver qué día tenemos. Hace mucho frío, pero el tiempo es seco y bueno. Despierto a mi compañero, que esta vez es Joaquín Rodrigo Burillo. Le comunico la favorable impresión meteorológica y él me mira con unos ojos muy pequeños. Sé que piensa en la lucha que sostendremos contra la montaña dura y cruel durante algunas horas. Después me pregunta algo; pero casi no oigo lo que me susurra. Por fin alza la voz:

-Marchemos a la Norte del Torreón.

-¡Qué pequeño es el mundo!-le respondo-.

Yo también he tenido la misma idea esta noche. Rápidamente preparamos un fuerte desayuno, de esos exclusivos de la montaña: almacenar y almacenar en el estómago. Es como si no fuéramos a comer nunca más. Con el agua pasa lo mismo: emulamos al dromedario que va a cruzar un terrible desierto. Pero el nuestro es un desierto vertical, pétreo, lleno de esfuerzo, de miedo y también de sed, en que todo se ha de vencer con voluntad y paciencia.

Aún recuerdo cómo cruzamos las rocas quebradizas de la Apretura para empezar a subir por la canal del Torreón. Desde la base veo los dos techos que aparecen en este risco por su cara Norte.

Ya vamos a empezar. Algo dentro de mí me dice: «Cuidado, cuidado, deprisa, deprisa." Y me pregunto: ¿Por qué el escalador sufre siempre esta debilidad? ¿Esos segundos terribles que preceden a la acción? ¿Por qué esa flojedad en el espíritu?

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Creo que la vía está conceptuada como de VIº en el límite de las posibilidades humanas. ¿Será esto o será miedo? ¿O es que la mente humana es débil por naturaleza? ¿Serán los recuerdos? ¡Claridad unas veces, tinieblas otras, belleza, luz o simplemente afán de victoria! ¿Qué tienes, oh montaña, que nos atraes otra vez hacia ti? De estos pensamientos me saca un chasquido en el fondo del canalizo: es el ruido de una piedra que ha sido desprendida hacia el fondo al desenrollar la cuerda, al recoger la cuerda hacia el fondo del Culuar.

-¿Estás preparado, Joaquín?-le pregunto.

-Sí-me responde.

Empiezo a subir por una chimenea. Sólo oigo el roce de mi ropa al arrastrarme a lo largo de las paredes y el ruido de mi respiración, que cada vez se va haciendo más entrecortada. A ratos percibo también el silbar del viento contra las cumbres.

Un esfuerzo más y habré acabado la chimenea. Ahora no me atrevo a seguir y le pregunto a Joaquín:

-¿Qué hago?

-Mete la mano hacia adentro, en la piedra empotrada - me responde.

Lo intento, pero no llego. Tengo que subir más por la chimenea. Ahora no encuentro apoyo para los pies: simplemente estoy acuñado en la chimenea, me estiro muy despacio y con la punta de los dedos toco el borde de la presa. ¡Qué placer se siente ahora que estoy agarrado! Con tiento, saco el otro brazo y lo voy afianzando poco a poco, y cuando estoy seguro de que la roca no se mueve, suelto los pies. Ahora todo mi cuerpo está colgando de los brazos. Un esfuerzo más y mi cintura queda a la altura del reborde; levanto la rodilla y pongo la puntera del pie sobre el resalte. ¡Ya está! A la derecha veo un clavo, paso un mosquetón. Mi compañero tensa con sincronismo y suelto un suspiro: "¡Ay!.... , Me pongo en pie sobre la reunión. A la izquierda está el gran taco que dejamos hace algunos años en una de nuestras escaladas anteriores; es un taco puesto hacia arriba en una grieta vertical que corre a lo largo del techo; y la grieta sigue hacia arriba, sin fondo; en fin, una mala grieta. Forma en la roca una especie de gran oreja. Con la mano izquierda estoy golpeando un clavo, que acuño en el taco para que la presión de éste sea mayor. Me doy cuenta de que pequeñas gotitas de sangre están saliendo de los nudillos de mi mano al clavar contra la roca.

-iBurillo: paso la roja,!- grito.

-«Tenso roja»-me contesta con automatismo, como si quisiera darme fuerzas.

Pongo el fifi del estribo, luego el otro, ahora tiro con todas mis fuerzas para ver si resiste. Me subo al último peldaño.
-¡Dame cuerda!

Me agarro al borde izquierdo, saco el pie derecho del estribo para ponerlo sobre la roca y lo levanto todo lo que puedo.

“Podré llegar, sí, podré llegar", me dicta mi cerebro.

Mi instinto me fuerza a mirar hacia abajo. Sólo veo a mi compañero, y debajo una canal profunda y negra. Noto cómo los músculos se hinchan y los dedos aprietan la roca. Mi cuerpo pendulea hacia la izquierda y se pone vertical. El estribo ahora se aleja de mi pie derecho, pero cuando la driza del fifi se tensa, el estribo sale del mosquetón y vuelve a quedar colgado de mí. Subo un poco más para quedar aferrado en una diminuta repisa.

-Lo di- grito a Joaquín.

Mi alegría es formidable: acabo de dominar un paso de VIº

Cinco pitones más arriba me llevarán a otra pequeña repisa. Dos metros antes de la segunda reunión (hemos hecho dos largos de una vez) noto que la cuerda tiene mucho recorrido y no desliza bien.

Veo subir a mi compañero recuperando el material. Llega a la reunión desde donde estoy asegurando y sigue hacia arriba clavando algunos pitones.

De abajo me llegan unas voces de saludo. Son nuestros amigos Fernando y Paco, que llegan al diedro de la Punta Margarita. Paco nos grita que parecemos morcillas colgadas de la pared. Reconozco luego la voz de Julio, que me dice que no parecemos morcillas, sino ejecutados balanceantes. Mi compañero contesta algo no muy académico.

El grito de "¡He llegado!, me saca de mi risa para soltar el seguro y salir disparado hacia arriba. Voy pasando por los pitones, los recupero, doy pasos en libre para ganar tiempo. Veo dos tacos viejos, que no hay que recuperar y sí que temer. Saco del mosquetón la cuerda. y con la mano, sin estribo, cuando estoy a la altura del siguiente taco, pongo el fifi del estribo y desde allí recupero todo el material. Veo a mi compañero que me observa con gran atención. Al llegar hasta él le recojo parte del material y me echo un poco hacia la derecha de la repisa. La reunión está supeditada a dos grandes tacos. Miro si están bien y vuelvo a tener miedo. Pienso en el más allá de las cosas. ¿Por qué los escaladores tenemos miedo? Sí, tenemos miedo. ¿Por qué no decirlo? El miedo es humano y nosotros somos hombres, y el escalador que diga que no tiene miedo, o está loco o miente.

Ese es uno de los «ser o no ser, de la escalada. La dominación del miedo, viendo un terrible abismo bajo tus pies, mediante el valor y la técnica. El saber dominar ese constante martillear del cerebro: "Vuélvete atrás, vuélvete atrás. Déjalo. ¿Para qué luchar? ¿Por quién luchar? ... , ¿Es acaso nuestra lucha una victoria para otros? ¿Para quién? Pero ¿para qué pensar?

Pero por encima de todo esto es la voluntad férrea de los alpinistas quien los hace escalar. Un tirón me saca de mis pensamientos y mi cerebro me dicta ahora: «Atento, Buri. Que voy." Empiezo a subir en libre. Pienso que debo poner un pitón de seguro; ya ha habido muchos muertos. Ahora meto el dedo en un pitón, pruebo el siguiente, veo que es viejo y está doblado. Lo pruebo, está bien, me subo al estribo, luego al segundo peldaño.

Hay otra clavija, pero está muy arriba; para llegar a ella tendré que poner otra más. Pruebo con una fina y larga, pero no vale: la grieta tiene los labios desgastados de clavar y desclavar.

Pienso que alguno de nuestros Organismos debía de pitonar estas vías con material de algún color determinado, para que nadie se los llevase, ya que estas vías forman la historia del Alpinismo en España.

Al fin, con un pitón de "U", logro clavar en una parte más estrecha. Empiezo a martillear, pero sigue estando muy arriba, tengo que subir al tercer peldaño, al último, y adoptar una postura de desplome. Ahora me cansaré menos para ponerle. Empiezo a tirar del cordón de la maza cuando noto que algo extraño sucede. Mi cerebro se pone en tensión, trata de captar algo. Lo primero es un ruido de clavijas y de mosquetones al chocar entre sí o contra la roca; veo pasar a Burillo hacia arriba a gran velocidad, y en este instante es cuando me doy cuenta de lo que está sucediendo: me estoy cayendo ... y lanzo un grito: "¡Cuidado!" Y en ese momento la cuerda me para de pronto; el primer golpe que recibo es contra la misma clavija que se salió y está en la cuerda con el mosquetón. Al tensarse la cuerda recibo un gran golpe de la clavija contra el pecho, después empiezo a girar como una peonza, mi eje es la cuerda. Voy rodando por la pared y cada vuelta es un golpe contra la misma. Pienso que cuándo parará. Trato desesperadamente de aferrarme a algún sitio, pero voy a mucha velocidad para poder hacerlo. Doy un último golpe contra un saliente al entrar a un pequeño diedro por donde discurre la vía. Por fin me he detenido; veinte centímetros debajo de mí hay una repisita, por lo que grito:

-¡Burillo: dame un poco de cuerda!-

Rápidamente introduzco un mosquetón en un taco para un posible seguro. Estoy en los tacos anteriores a la reunión donde está Joaquín. He volado unos diez metros y he tardado en caer unos cuatro segundos; pero a mí me parece que han pasado cuatro minutos.

La voz de Joaquín me dice:

-¿Cómo estás? ¿Te ha ocurrido algo?-

-No-le respondo-. Me duele un poco el pecho del golpe que me dio el clavo, pero estoy bien.

-Yo tengo las manos quemadas- me dice Joaquín.

Otras voces me llegan desde abajo. Son las de Paco y Fernando:

-¿Estás bien?-

-Sí.-

-Ha sido impresionante. ¡Qué vuelo has dado!-me contestan.

Poco a poco me voy recuperando del susto y vuelvo a subir con mucho miedo hasta la reunión donde está mi compañero. Este me enseña las manos: tiene las palmas completamente quemadas.

En todos los dedos tiene tremendas ampollas, por lo que comprendo que tengo yo que seguir de primero.

Joaquín me dice:

-Los tacos del seguro han aguantado sin romperse de milagro. -¡Mira cómo están!-

Veo que el alambre está completamente estirado. Los doy unos golpes y pongo un pitón dos metros más arriba. Me siento un rato para serenar mis nervios y me pregunto a mí mismo qué he sentido en la caída. En realidad mucho y en realidad nada; que en el fondo mucho y nada se asemejan y se juntan. Mucho cuando caía, caía y caía, y nada, nada, nada cuando buscaba algo para agarrarme: todo era un desplome inmenso. Me daba golpes y más golpes. De repente me paré. La cuerda me detuvo. Pensé que me había salvado por otra vez, y mi cerebro quedó un instante en blanco, en la nada. Después encontré muchas repisas, tacos, clavos, donde atarme a la vida para no seguir al más allá, a la oscuridad.

Noto que Burillo se encoge y sufre en silencio sus quemaduras; me hace comprender que no debo perder más tiempo. Voy clavando los pitones hasta el fondo; todos me parecen malos, hasta que al fin llego a la última reunión. Un largo más y todo habrá acabado. Al rato llega mi compañero. Después de recuperar con mucha dificultad empiezo el último largo de cuerda. Sigo clavando fuerte, muy fuerte; en nuestra situación no puedo permitir una segunda caída; hasta que al fin toco la cumbre, mientras mi cuerpo está suspendido sobre los estribos, en el vacío. Un esfuerzo más y los dos estaremos sobre la cima que Teógenes pisó por primera vez en el año 1934 por su vía normal. Nosotros hemos subido por una vía infinitamente más difícil, pero la idea, el móvil, el Alpinismo, son los mismos. Es la lógica e inevitable evolución del mundo, de la vida y del cerebro humano la que dicta vías más difíciles que trazar. Generaciones venideras abrirán caminos que hoy a nosotros nos parecen imposibles. Vaya por delante mi felicitación a los que consigan lo que nosotros no hicimos ni soñamos hacer.

Una satisfacción inmensa nos invade. Hemos logrado subir en unas condiciones que difícilmente habríamos podido soportar durante muchos largos más. A Burillo sus quemaduras le costarían una semana sin poder trabajar. A mí, inmovilidad y 16 invecciones para poner mi costilla bien, pero he comprendido que la voluntad humana influye en la calidad del Alpinismo.

F. C.

Fuente: Publicaciones Peñalara.

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Re: Torreón de los Galayos Por Francisco Caro del G.A.M

Notapor FAUNO » Mié Mar 15, 2017 12:45 pm

Tremendo!!!!!!!!!!!
estabamos allí arriba en la cumbre, observando el paisaje después de la ardua escalada, mientras todo el mundo alli abajo estaba muerto en vida
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Re: Torreón de los Galayos Por Francisco Caro del G.A.M

Notapor josefer » Lun Mar 27, 2017 4:20 pm

:shock: :shock: :shock:
"Los viejos rockeros nunca mueren" :twisted:
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Re: Torreón de los Galayos Por Francisco Caro del G.A.M

Notapor viaclasica » Jue May 18, 2017 9:35 am

Francisco Caro "Mogoteras", se fue para siempre el día 17/05/2017. Nuestro apreciado forero Skaterboy, le dedica unas palabras en la red social:

    Nos ha dicho adiós el último hippie...
    Paco, entendiste la vida como la predicó Kerouac, que jodio fuiste, nunca de doblego el Sistema...
    No solo gran escalador, sino que fuiste un Iluminati y gran alpinista, con todas esas primeras españolas en el Macizo del Mont Blanc..
    Como recordaremos las andanzas por El Escarpin, o por La Venencia, o persiguiendo turistas americanas por el museo del El Prado...Para invitarlas a Toledo y a La Pedriza.
    Siempre estará vivo el recuerdo de esas escaladas que compartimos en nuestra Pedriza, Galayos y Picos de Europa y últimamente esas incursiones recuperando las monedas escondidas...
    ¡¡¡ Hasta siempre "Mogo" !!!
    PD: Paco, no te preocupes que ahora en las redes sociales, han salido unos cuantos o muchos oportunistas contando lo incontable sin haberte conocido.
    Ya sabes Tú.
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Re: Torreón de los Galayos Por Francisco Caro del G.A.M

Notapor G A L O » Jue May 18, 2017 10:04 am

He tenido la suerte de conocer a Francisco Caro (( MOGOTERAS )) y tengo que decir que has sido un grande en el mundo de la montaña y aqui en Pedriza, en donde nos has dejado unas vias clasicas tuyas, que sobretodo yo cuando las he escalado las he disfrutado......
Bueno, amigo, maestro, nunca te olvidaremos, ........
Un abrazote muy grande MOGOTERAS...
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Re: Torreón de los Galayos Por Francisco Caro del G.A.M

Notapor josefer » Vie May 19, 2017 8:10 pm

Desgraciadamente no llegué a conocerle, espero que la Tierra le sea leve. :(
"Los viejos rockeros nunca mueren" :twisted:
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