Primera al Mallo Fire por la Cara Oeste (Vía Luis Villar)

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Moderador: Guadaña

Primera al Mallo Fire por la Cara Oeste (Vía Luis Villar)

Notapor viaclasica » Lun Nov 19, 2018 8:28 pm

Primera al Mallo Fire por la Cara Oeste
Vía Luis Villar 3 y 4 de Agosto de 1958
Nº 49-50 Julio-Octubre 1958 Montañeros de Aragón.

Nerviosos, pero entusiasmados, empezamos nuestra escalada a la siete de la mañana con un gran interrogante dibujado sobre nosotros "¿seremos capaces?. Somos los benjamines del G.A.M; "los chavales", como nos llaman nuestros maestros, y hora es ya que hagamos algo para merecer su confianza y demostrar que los ratos que con nosotros han perdido, sus lecciones, sus consejos, sus demostraciones, no han sido estériles. Continuamente nos maravillamos con las continuas escaladas que ellos realizan a diario en las caras norte del Pirineo consiguiendo laureles y prestigio para "Montañeros de Aragón"; nosotros, sus discípulos, tenemos que hacer "algo" y lo intentamos. Si lo conseguimos y en ello hay algo meritorio, a ellos les toca juzgarnos y de antemano nos sometemos a su veredicto.

Es Lázaro quien en cabeza sube unos veinte metros de pared fácil en libre. Hemos iniciado por la cara sur. Nos reunimos por primera vez en una oquedad de la pared y continuamos superando un pequeño techo a doble cuerda. Otra cueva y nueva reunión. Hasta aquí la cosa ha sido fácil, pero a partir de este punteo se pone más seria, y para para no ponerlo en duda nos encontramos con un techo de quince metros que le cuesta al primero de la cuerda una caída sin consecuencias y a todos nosotros la consecuencia de un gran susto. Encima de este techo nos volvemos a reunir para iniciar una travesía horizontal que nos sitúa en la cara oeste, tal como estaba previsto. Nos encontramos a unos cuarenta metros del suelo y nuestros compañeros que allí al pie del monolito rezan por nosotros, nos preparan una mochila con víveres y agua que nosotros izamos. Seguimos con unos cincuenta metros de pared en tirada libre. Sigue un lienzo de pared de unos veinte metros totalmente verticales que superamos empleando la técnica de doble cuerda y estribos. Encima de este paso viene otro techo más pequeño que el anterior. Las dificultades aumentan por momentos y nuestro entusiasmo también al ver que somos capaces de vencerlas. Decidimos una travesía horizontal que nos sitúa en una canal ya más benévola con nosotros, dentro del cual nos sorprende la noche, obligándonos a vivaquear después de más de doce horas poco recomendable para cardiacos. La noche nos envuelve con su manto negro; en este caso, paternal manto, cual si cuidara de nosotros, niños traviesos y nos mandara a dormir tempranito para sustraernos de la juerguecita "solo para hombres" en que nos hemos metido para darnos ocasión de descansar, comer y charlar alborozados comunicándonos nuestras impresiones, nuestro alegre optimismo del que todos somos poseedores y que buena parte de él nos ha inyectado hace pocos minutos nuestros camaradas de Zaragoza conocedores de nuestro intento, que desde las ventanillas del tren que les conduce el Pirineo, nos ha saludado agitando numerosos pañuelos sabiendo que estamos allá arriba incrustados en la roca. Contestamos emocionados a su saludo, agitando también nuestras gorras y gritando con toda fuerza de nuestros pulmones en un inconsciente intento de hacerles llegar nuestras voces agradecidas a través de los 175 metros de espacio vertical que nos separa de ese tren en miniatura con apariencia cual insignificante gusanillo que fumase su pipa. Confieso que en otras ocasiones, la visión del tren a nuestros pies, reducido a su mínima dimensión y que todos los que hemos escalado en los Mallos de Riglos hemos tenido ocasión de contemplar, me ha producido verdadera sensación de respeto (léase miedo), especialmente cuando empieza a someterme la sensación de vacío. Más hoy no ha sido así, quizá porque ya empiezo a sentirme veterano o puede ser que por la visión del flamear de aquellos pequeñísimos pañuelos blancos que cada uno representaba el afecto, interés y camaradería de los que compartimos y vivimos nuestros afanes por la montaña, unidos por un riesgo en potencia que aminora nuestra propia fe en los camaradas de cordada.


El precario espacio menos vertical de que disponemos, no nos permite vivaquear juntos y Lázaro se ve obligado a hacerlo por encima de mi, acuñado entre dos piedras de la canal, mientras que Navarro en situación inferior a la mía y apoyado en una piedra. Yo, más afortunado, cobijado en una pequeña cueva. A pesar de que nos es imposible utilizar los sacos de dormir, nos entramos confortables en nuestros reducidos apoyo; la noche de verano es tibia y luminosa con millones y millones de estrellas de guiños incesantes. Nunca hasta esta noche había reparado en los guiños de las estrellas. Quizá fuera a causa de mi estado de ánimo predispuesto al romanticismo en aquel lugar y en aquella hora, sintiéndome parte integral de la pequeña "hombrada" que estamos intentando.

En todo el día hasta este momento, no habíamos pensando en hacer una comida seria, y el agua, por supuesto, no la habíamos probado. Sedientos, reclamamos a Lázaro el bidón de cinco litros guardado en el interior de la mochila de víveres que él porteaba, y con horror notamos que el agua tenía un endiablado sabor a petróleo. Lázaro, inquieto por nuestras acusaciones e interpretaciones poco recomendables, aseguraba que la había lavado concienzudamente y que no sabía que había contenido petróleo. A pesar de todo, tomamos el agua y olvidamos el incidente y casi el mal sabor, neutralizado por la copiosa cena y que además se nos antoja exquisita.

El paso de las horas se nos hace interminable y como recurso, para acortar el tedio de la noche, contamos los coches que vemos pasar por la ondulante carretera que discurre paralela a los reflejos del río.

Tan pronto como la luz del alba nos permitió, continuamos por la canal que tenemos encima del vivac. Salimos a libre, solo en dos pasos nos vemos obligados a una doble cuerda. Alcanzamos una cornisa que nos hace felices; es cómoda, amplia y permite reunirnos. Son las siete de la mañana y nos encontramos a unos 90 metros de la cima. Descansamos unos momentos aprovechando la cornisa y comemos algo. Tenemos una sed angustiosa, las gargantas secas, el agua con su terrible sabor. Pero a pesar de todo nos vemos obligados a tomarla y a continuación miramos furibundamente a Lázaro que azorado mira las nubes, habla del buen tiempo e intenta silbar algo que no le sale. Una especie de diedro con pequeños techos fáciles los superamos en libre. Desembocamos en una gran canal con la que creemos terminadas nuestras dificultades, pero a nuestro optimismo se opone un imprevisto techo que nos deja un poco fríos, que sin embargo, vencemos sin dificultad. Continúa la chimenea muy inclinada pero fácil por la seguridad de sus presas. Al terminar éste, creemos que nos encontramos en el collado que separa las dos puntas “Buzón” y “No Importa”, pero no es así, y en cambio se nos presenta un paredón vertical que nos cierra el paso. Son las tres y media de la tarde y empezamos a notar síntomas de agotamiento. Nos impresiona este paredón cuando ya no esperábamos encontrar dificultades. Fue el crítico momento psicológico negativo, minando nuestra moral y en consecuencia cundiendo el desaliento entre nosotros hasta tal punto que pensamos en abandonar. Inertes y silenciosos observamos la pared y concentramos nuestras miradas en un arbusto situado a unos diez metros sobre nosotros y opinamos que sería un firme apoyo para montar un rápel en el caso de que las dificultades fueran superiores y en un momento de afortunada reacción, carente de entusiasmo y sin fe en el éxito, intentamos atacar. Llegados al arbusto vemos que la temida pared pierde verticalidad. Renace el entusiasmo, nos animamos mutuamente y posiblemente cada uno de nosotros intentó dar la sensación de una entereza que a buen seguro no era muy firme, ¡a cuánto obliga el qué dirán!, y sin saber cómo nos encontramos escalando este obstáculo que resultó ser el último, puesto que a pocos metros nos encontramos en el verdadero collado de las puntas “Buzón” y “No Importa” y, por tanto, en la cima.

Para facilitar el regreso dejamos colocado un pasamano desde la punta “No Importa” al collado que una esta punta y la “Buzón”.

Pisamos la cima a las cinco de la tarde después de 26 horas de escalada deducidas las del vivac. Nuestra idea consistía en descender por la misma vía de ascensión, pero la premura del tiempo nos obligó a descender por la vía normal ya tan familiar para nosotros. Por fin, a las seis y media, nos encontramos sobre el santo suelo horizontal, mirándonos mutuamente, sin acertar hablar y sin saber qué hacer, pero muy contentos; eso sí, muy contentos y satisfechos.

Queremos bautizar esta vía con el nombre “Luis Villar” como modesta prueba de gratitud y homenaje a la persona insustituible que asume la dirección y asesoramiento de las centurias de montaña del frente juventudes.

Cordada: Ligorred, Lázaro y Navarro.


N. de la R. -- Personalidad montañera del Coronel Luis Villar.
Todo su vida militar ha transcurrido en Unidades de Montaña, y siendo comandante de un Batallón de guarnición en Barbastro, en el año 1934, recorre todo el Pirineo Aragonés levantando un completísimo estudio de posibilidades militares, deportivas y turísticas.
Publica una meritoria monografía del Pirineo ilustrada con profusión de grabados en donde detalla las bellezas pirenaicas y expone itinerarios.
Interesado siempre por la aplicación militar de las unidades de montaña, redacta en el año 1935 unas memorias en donde se expone la utilidad y necesidad de estas tropas especializadas, su reclutamiento, organización, equipo, material, adiestramiento, etc.
Después del glorioso movimiento y con el empleo de coronel, toma parte activa en la represión de los “maquis”, muchas veces en misiones de observación e información por el corazón del Pirineo solo y disfrazado de pastor, misiones que duran varios días.
Posteriormente fue jefe de las unidades de cobertura de la 5ª Región Militar, visitando constantemente los destacamentos instalados en lugares inhóspitos y de difícil acceso, sea cual fuera la estación y condiciones atmosféricas del momento.
Director del curso de Esquí y escalada en Ríoseta, en el año 1946. Instructor en varias ocasiones de grupos de oficiales para las Unidades de Montaña.
Una vez retirado, y reconocido sus relevantes méritos pedagógicos y su gran técnica y práctica de montaña, le fue encomendado por los organismos superiores la dirección y asesoramiento de las Centurias de Montaña del FF.JJ.
Desde Benasque hasta Ansó es persona muy conocida por los habitantes de poblados y pardinas. Su nombre, muy familiar a todos los pastores de hace una docena de años, es recordado con simpatía por esto, y las múltiples anécdotas en las que coronel Villar es figura preeminente, son recordadas y comentadas por quienes con él convivieron en la misma choza o borda o vieron su pequeña tienda plantada en el punto más ignoto.
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