La Cara Norte del Pico del Águila

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La Cara Norte del Pico del Águila

Notapor viaclasica » Mié Nov 21, 2018 8:42 pm

La Cara Norte del Pico del Águila (Circo de Rioseta - Canfranc)
Montañeros de Aragón - Julio/Agosto 1959 n.º 55

Bien visible desde la carretera del Somport, el Pico del Águila se alza sobre el Circo de Rioseta como la cima más característica de su vertiente meridional, frente a la espalda del Tobazo, que cierra el circo por el Norte.

Su cara Norte es una pared extraña que carece del aspecto inaccesible de otros problemas pirenáicos. Cruzada por numerosas fajas herbosas y con pintas de mal organizada, algunos pinos que difícilmente se sostienen por las cornisas, le acaban de dar un aire de montaña caprichosa de Belén navideño.

Con el historial que tiene esta pared bien se podría escribir un serial montañero. Ya desde nuestros primeros balbuceos por los valles de Candanchú y Tortiellas, la curiosidad nos llevaba a contemplar la rara muralla formada por una mezcolanza de losas caóticas no tardando en pasar a ser un problema de los muchos que estos años nos hemos planteado. No obstante, hasta agosto de 1957, en que con Montaner fuimos a ella, no fue una cosa de actualidad.

La única primera en aquell excursión fueron unas anginas que cogió mi compañero, desde luego por primera vez después de veintitantos años de rodaje, pero que le obligaron a regresar a Jaca a tomar dosis masivas de penicilina y a mí a variar el rumbo de la excursión hacia el Valle de Oza y las Agujas de Ansabere.

Otra tentativa, en realidad la primera, la hicimos en septiembre del año pasado. Llenos de optimismo subimos hasta la base de la pared donde echamos a suerte el orden y las cordadas. A mí me tocó con Rafael, en cabeza, y a Pepe, Nanín y Rabadá detrás. No recuerdo exactamente cuántas horas estuvimos remando por una chimenea extraplomada, los otros, por supuesto, ni arrancaron del suelo. Al mediodía descendimos los cincuenta metros de chimenea en un rápel volado, convencidos de que hacía falta traer mucho más material de escalada y dejarse en casa parte del optimismo.

Con impaciencia dejamos transcurrir una semana, al cabo del cual volvimos al asalto, esta vez sin Pepe por no disponer los días de fiesta necesarios.

Por segunda vez remontamos la chimenea; ésta, un poco más rápidamente; por encima hicimos otros dos largos de roca algo descompuesta; después, en una travesía horizontal, evitamos unos violentos extraplomos al final de otra chimenea, y a media tarde llegamos a la mitad de la pared, una fajas herbosas que la cruzan totalmente.

Equipamos el largo de cuerdo siguiente mientras nos alcanzaba la otra cordada y al atardecer preparamos un vivac confortable, fabricándonos cornisas de artesanía en las pendientes de hierba.


Por la mañana siguieron nuestros compañeros en cabeza; esperamos hasta perderlos de vista a la vuelta de un espolón para comenzar nuestra misión de desfierradores. Subimos un largo medio artificial, medio libre, por roca esquirlosa de lo más malo y luego una travesía horizontal bastante repelente también, para bordear unos extraplomos hasta su parte más floja, por donde los superamos hasta la entrada de un diedro.

Allí es donde se acabó el segundo intento para mí, Rafael aparcó en la reunión de más abajo, y la otra cordada, dos más arriba, en un sitio que hubiese desechado una largartija por incómodo. Esta brusca interrupción de la escalada la motivó una de esas fugaces tormentas de verano que nos visitó por la tarde y, sin tiempo a respirar, nos dejó empapados como bayetas y luego se prolongó el temporal intermitente. Durante doce horas aguantamos el remojón sin otra cosa que hacer, aparte de tiritar, que dedicarnos a los profundos pensamientos que en estas ocasiones ayudan a pasar el rato. En furioso contraste se recuerdan marchas tórridas por los alrededores de Zaragoza, otros vivacs en que con inútil tenacidad te empeñas en sacarle caldo a una piedrecita e incluso pensé con nostalgia en las Planas de María.

Con las primeras luces emprendimos la retirada. Siempre relacionaré este abandono con uno de aquellos aparatosos naufragios del siglo XV que relatan las novelas de aventuras. Rapelamos bajo la lluvia y ésta persiste hasta que encontramos refugio al mediodía en casa de Marraco, donde a base de sopicaldos y duchas calientes desterramos el microbio de la posible pulmonía, mientras cada uno se hacía sus planes, para volver nuevamente en la primera ocasión.

Volvimos los cuatro del naufragio para el puente de San Pedro de este año, que empezamos con verdadero brío. A media mañana nos encontramos las dos cordadas bastantes altas, cuando se nos cayó una de las mochilas que remolcábamos. En el primer momento no puede evitar la risa al verla tras el pesado vuelo estrellarse contra el suelo y dejarlo todo cubierto de un surtido de pitones y el grueso de nuestra intendencia. Pero después a Rabadá, culpable del desastre, estuvimos a punto de lincharlo.

Como casi todo el material iba en la mochila tuvimos que dar por finalizado el intento y una vez más volvernos con la pared en proyecto. No obstante y en disculpa de Rabadá diré, que aquella noche y el día siguiente lo pasó lloviendo, por lo que la pérdida de la mochila fue más suerte que otra cosa.

Otro intento fue para el 15 de agosto; de esto ya hace poco tiempo, todos habíamos pasado el grueso de las vacaciones desligados y fuimos arribando a Canfranc cada uno a su aire; sólo Pepe, que vino también, y Rabadá, lo hicieron juntos en moto desde Zaragoza. Pero si estuvimos de acuerdo en cuanto a la cita, aquí se acabó la unanimidad. Había media cordad que opinaba que ya que la parte inferior la habíamos subido tres veces, ésta debíamos empezar cruzando a la mitad de la pared por la fajas. Los otros decían que no, que había que hacerla entera. Pepe se limitaba a no opinar para no incordiar más. La discusión acabó a altas horas de la madrugada, de acuerdo a todos de que como al día siguiente ya no se podía empezar temprano y no había más días de fiesta lo mejor era apuntarle una tentativa más y dejarlo para otra ocasión. Rabadá y Pepe partieron hacía Ordesa a la Arista del Tozal y los demás nos quedamos en Canfranc.

El quinto intento no lo demoramos; en el sábado 22 de agosto salimos en tren sin Nanín ni pepe, que a última hora no pudieron venir por cuestiones de trabajo. De un tirón subimos a la base de la pared donde vivaqueamos muy entrada la noche. Aun así empezamos al amanecer, y a pesar de los inconvenientes en cuanto a rapidez de una cordada de tres, llegamos a dormir en el sitio que alcanzamos cuando el agua, aproximadamente tres cuartos de la pared, en una zona de diedros a partir del extraplomo, bajo mi vivac en aquella ocasión.

El segundo día seguimos con los diedro --casi siempre de un engañoso aspecto facilón-- hasta alcanzar la base de un pronunciado techo de unos diez metros de salida que hace una enorme tapadera. Fue la última y más fuerte defensa de la pared, que afortunadamente pudimos bordear por un lado hasta salirnos al pie de una chimenea corta que desemboca en el redondeado de la cima.
Con las últimas luces del día y las primeras de la noche alcanzamos la cumbre. Las luces de la noche las proporcionó una tormenta que nos hizo salir pitando sin tiempo casi ni para desencordarnos buscando apresuradamente un sitio más bajo.

Y aquí concluye la batallita de esta escalada, que, aparte de imprevistos, no dudamos en calificarla como una de la más difíciles y sostenidas que hemos hecho. El croquis espero dé a los entendido el carácter técnico de que carece el relato.

Zaragoza, septiembre de 1959.

J.Bescos.
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