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Sobreviviendo al vacío: la historia de Isabel.
Cuando en el camino se cruzan la fortuna, el coraje y la fortaleza humana es cuando surgen las leyendas. Leyendas por lo sucedido, aunque para las multitudes sean absolutamente desconocidas.
Esta es una de esas historias que nunca protagonizarían las portadas de los periódicos ni de los medios informativos. Es una historia sin personajes famosos, sin los records numéricos en el grado técnico a los que nos vienen acostumbrando las últimas noticias, sin polémicas cruzadas entre protagonistas mediáticos habituales… Esta es, por lo tanto, una historia sin interés ni rédito, para la mayoría de los llamados “programas deportivos” de los medios de comunicación mayoritarios. Pero esta es una historia, amigos, real como la vida misma… y profundamente humana, como pocas historias en estos tiempos que corren… Una historia de alpinismo, pero sobre todo, de supervivencia, de lucha épica por la vida, de no-rendición ante la muerte… una historia que todos deberíamos al menos alguna vez conocer… conocer que, en algún lugar del mundo, una vez, un milagro como el de Isabel, sucedió…
Isabel Suppé, alemana de origen, pronto comenzó a viajar por el mundo, movida inicialmente por sus estudios, pero pronto cautivada por la magia de las montañas. Licenciada en Lengua y Literatura en USA, con un postgrado en Literatura Latinoamericana, y conocedora de 5 idiomas, Isabel se instaló hace siete años Mendoza (Argentina), movida en buena parte por su pasión por las montañas. A pesar de sus 31 años de edad, atesora en su haber un sinfín de ascensiones en diversas montañas del mundo, especialmente en Andes por las rutas más comprometidas.
Isabel se encontraba este verano, en el macizo de Condoriri (Cordillera Real, Andes Bolivianos) junto a Peter Cornelius, un australiano que estaba recorriendo Sudamérica escalando algunas de las más emblemáticas montañas del continente. Juntos tenían la intención de escalar el pico conocido como Ala Izquierda del Condoriri (5.532m) por una ruta de su Cara Sur; 500m mayoritariamente de nieve y hielo, con inclinaciones de hasta 80º.
El pasado jueves 29 de julio, a las 2 de la mañana comenzaban la ascensión directamente desde el Campo Base enclavado junto a la Laguna de Chiar Khota. En poco más de 3 horas y media se situaban bajo la imponente pared que este año presentaba un aspecto inusualmente severo.
Con las primeras luces del alba, tras superar una compleja rimaya, los dos escaladores clavan sus herramientas en el duro hielo andino y comienzan a progresar por las paredes heladas. Con pericia van salvando los tramos más duros. Mientras, las horas y el cansancio se acumulan, teniendo que
hacer frente a unas condiciones significativamente más duras de lo habitual para esta pared.
Ya sobre las 5 de la tarde, a poco más de 70 metros para la cumbre y con los últimos rayos del sol, ocurre el fatídico accidente. Un desafortunado resbalón del australiano arranca los tres seguros que habían instalado en la que, posiblemente, fuera la última reunión antes de llegar a cumbre. En ese momento, el tiempo se detiene… y ambos se precipitan al vacío durante más de 400 metros, golpeándose innumerables veces con los resaltes de la pared…
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| La Cara Sur del Ala Izquierda del Condoriri, con el itinerario de caída marcado con puntos. Foto tomada el día de la escalada, con los dos escaladores en el comienzo de la pared (resaltados por círculos en la parte inferior derecha de la foto). (Fotos: Col. Daniel Alcojor - Benjamín Rubio) |
Según las propias palabras de Isabel, el tiempo durante la caída se hace eterno… la lucidez es sorprendente… sintiendo cada golpe, siendo consciente de cada giro, con la respiración cortada… teniendo claro que era imposible sobrevivir a una caída de 400m, y por ello esperando la llegada de un “clack” y con el que “todo se apagase” definitivamente…
Pero, contra todo pronóstico y de forma milagrosa, ambos miembros de la cordada permanecen aún con vida tras la caída, si bien ambos sufren heridas de gravedad. Peter tiene las dos piernas rotas y una herida que sangra en la cara. Isabel por su parte, además de múltiples contusiones, sufre una fractura abierta en la pierna derecha con una hemorragia que tiñe de rojo la ropa y la nieve del glaciar.
Tras el impacto, un poderoso sueño se apodera de ambos, pero Isabel consciente de que la fría noche andina se cernía sobre ellos, no podía permitirse el lujo de dormir o de lo contrario, nunca despertará de ese sueño.
El instinto de supervivencia toma el mando en ese momento, por encima del agotamiento propio de una escalada como la que habían llevado a cabo, por encima de los terribles dolores causados por los impactos de la caída, del frío reinante y del estado de pánico propio de la situación, Isabel logra mantener la cabeza fría y comienza a actuar para salvar su vida y la de su compañero.
En primer lugar se desenreda la cuerda (que durante la caída formó un ovillo sobre ella y sobre Peter). Después recupera, arrastrándose por la nieve, la chaqueta de plumas que se había salido de la mochila durante la caída. Tras esto, se quita la mochila, que aún permanecía atada a su espalda (y que amortiguó gran parte de los golpes contra la pared), y se sienta sobre ella para alejar el frío del glaciar de su cuerpo. Posteriormente se abriga con la chaqueta de plumas, se quita los guantes que llevaba puestos que habían quedado empapados y los sustituye por sus manoplas de pluma.
Paralelamente intenta, por todos los medios a su alcance, que Peter se siente o se tumbe sobre la cuerda y de este modo mantener el cuerpo alejado del frío hielo del glaciar, pero Peter está en muy mal estado y no atiende a razones. El peso de Peter es muy superior al de Isabel, la cual además con una pierna rota se encuentra incapaz de levantar a Peter. La única solución es conseguir ayuda externa cuanto antes... Con ese fin, Isabel se plantea como objetivo tratar de llegar al collado, para una vez allí, hacer señales de luz con el frontal que, desde ese lugar, serían visibles para los montañeros del Campo Base. Pero la distancia al collado, para una persona que sólo se puede desplazar arrastrándose, es un verdadero universo… aun así, Isabel no tira la toalla y vacía sus energías intentándolo…
De esta manera, ella consigue arrastrarse hasta una zona de rocas, donde además, el frío será menos intenso. Pero el esfuerzo es tan grande, que en recorrer los apenas 30 metros que la separan de dichas rocas, invierte cerca de dos horas…
La fría noche andina cae sobre los dos escaladores malheridos, las temperaturas rondan los -15 ºC. La soledad y el silencio son aterradores, pero las ganas de vivir son superiores a todo. Gracias a ello, ambos resisten heroicamente la noche. Isabel pasa la noche en vela, vigilante, con la esperanza de que, consiguiese o no ella llegar al collado, deberían venir a rescatarles, ya que en el Campo Base les esperan a las 7:30 de la mañana y al no verles volver deberían dar la voz de alerta, montar un dispositivo de rescate y sacarles de allí antes de que llegue una segunda noche.
Amanece tras soportar una dura noche al raso, e Isabel se permite dormir un poco con los tibios rayos de sol. Deshidratada y sin ingerir alimentos es consciente de que debe beber algo o los efectos de la altura y la deshidratación la llevarán irremediablemente a sufrir graves congelaciones. De nuevo, decide continuar arrastrándose sobre sus ensangrentadas rodillas, camino hacia el collado, para pedir ayuda. Consigue recorrer unos 400 metros por el glaciar dejando sobre él un rastro de sangre. De camino encuentra un charco donde aplacar la terrible sed que la acucia. Allí llena su cantimplora, bebe y come algo de charqui (carne secada al sol y salada) que la ayudará a retener líquidos y le dará algo de fuerzas. Las horas pasan y el grupo de rescate no aparece. En pocas horas las sombras se ciernen de nuevo del glaciar y tanto Peter como Isabel se ven abocados a pasar una segunda noche, gélida y terrible, a la intemperie glaciar.
Durante esta noche Isabel comienza a sentir los efectos del cansancio extremo y del frío. Para no dormir y morir congelada adopta posturas incómodas sentada sobre su mochila, como por ejemplo, colocando su cabeza sobre la punta de un bastón de trekking apoyando en el suelo, de modo que en cuanto se quedaba dormida, al balancearse su cabeza, sufría un pinchazo en la frente que la despertaba. Comienzan los delirios; confunde algunas de las estrellas que surgen por el borde del glaciar con las luces de los frontales de los rescatadores, sueña con que la traen café y cheese cake de su café favorito de Bolivia, el Alexander Coffee. Pero nada de esto sucede, ella y Peter permanecen solos en medio de la inmensa oscuridad, tal vez ella ya está sola del todo… Peter desde hace unas horas ha dejado de hablar y no se mueve…
Sobre las 7:30 de la mañana del día 31 de julio, el guía de montaña Hugo Ayaviri junto a 5 aspirantes a guía y un porteador alcanzan la zona del accidente, en mitad del glaciar y observan a una persona que hace gestos y corren hacia ella, es Isabel.... que durante dos noches ha sobrevivido a la caída, a las temperaturas extremas, a las heridas y al agotamiento de la escalada.
Los rescatadores no daban crédito a lo que estaban viendo… ¡estaba viva!... Pronto le ofrecen algo para beber, algo de comida y la instalan en una camilla de rescate que han transportado hasta el lugar. Hugo se sorprende de ver la entereza con la que les recibe Isabel, para ella la pesadilla está a punto de terminar.
El grupo de rescate localiza a Peter, por el cual ya no pueden hacer nada, la segunda noche ha sido demasiado para él y ha fallecido.
Los miembros del equipo de rescate se centran en la superviviente, ya que el descenso de Isabel de ese lugar, en su estado, no iba a ser nada fácil. Por radio piden ayuda a los escasos montañeros que están, en esos momentos, en el Campo Base, los cuales automáticamente cambian sus planes y acceden a colaborar, sin dudar ni un solo instante.
Mediante cuerdas van a arrastrando la camilla primero fuera del glaciar y después la descuelgan por el corredor que da acceso al glaciar. Enseguida, los montañeros del Campo Base, acuden respondiendo a llamada e interceptan a la comitiva de rescate sumándose a las tareas del mismo. El descenso es complejo y no exento de peligros. El corredor y su base están descompuestos y caen piedras. Afortunadamente en el año 2008 Hugo y otros guías estuvieron realizando maniobras de rescate en el macizo y dejaron instalados algunos spits en lugares estratégicos. Esto ayuda mucho en el descuelgue de la camilla.
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| Durante la parte final del descuelgue de la camilla y en el punto que comenzaba el porteo “a pulso” de la misma. (Fotos: Eider Elizegi y Col. Daniel Alcojor - Benjamín Rubio) |
Cuando la verticalidad del terreno decrece, se guardan las cuerdas pero hay que cargar a pulso y a hombros, con la camilla de Isabel y bajarla por un empinado sendero rocoso. El esfuerzo, en altura, es agotador, pero la solidaridad entre los montañeros es sobrecogedora, nadie flaquea a la
hora de portear la camilla, de subir bebidas calientes y comida para los rescatadores y para el resto de colaboradores.
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| Isabel durante el descenso a pulso de la misma. (Foto: Eider Elizegi) |
En el grupo de rescate nadie puede dar crédito a lo que están viendo, nadie confiaba en poder encontrar a alguien aún con vida y desde luego nadie podía imaginar en que pudiera aguantar estoicamente como Isabel. Ella estaba consciente, se tragaba el dolor propio del traqueteo inevitable de la camilla y nos agradecía que le estuviéramos salvando la vida, incluso de vez en cuando nos dedicaba una sonrisa. Emocionante para nosotros.
En total pasarán más de 7 horas desde el momento en que el grupo de rescate la localiza hasta que al fin se llega al Campo Base. Afortunadamente hay un médico entre los montañeros que acaban de llegar y le hace una atención de emergencia. Evaristo, uno de los arrieros locales, ha subido un caballo y unas mulas para ayudar a bajar a Isabel. Siguiendo directrices del médico, la pierna rota es entablillada y en una delicada maniobra para mover el herido, trasladamos a Isabel de la camilla y conseguimos montarla en el caballo con la pierna entablillada.
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| Sobreviviendo al vacío… Isabel, ya en el Campo Base, saliendo hacia el lugar donde le esperaba el coche que le llevaría a la Paz. (Foto: Col. Daniel Alcojor - Benjamín Rubio) |
La imagen de Isabel montada en el caballo y la historia en general, nos recuerda a todos a la de Joe Simpsom tras su descenso del Siula Grande. Finalmente el caballo llega al lugar donde le esperaba un coche y es trasladada urgentemente a un Hospital de la Paz, donde es operada de urgencia esa misma noche y así finalmente Isabel salva su vida y sale del peligro.
La entereza de Isabel nos conmueve de sobremanera y en el Campo Base queda una mezcla de intensas emociones, iluminadas por la alegría final de que Isabel haya sobrevivido a lo que era imposible.. Sin duda está hecha de una pasta especial.
Horas después, varios miembros del cuerpo de bomberos de La Paz ayudados por el grupo del guía Hugo Ayaviri bajan el cadáver de Peter.
Es el final de una historia que jamás olvidaremos los que la vivimos de primera mano.
Tras varias semanas en un hospital de la Paz y dos operaciones, Isabel se encuentra en estos momentos en proceso de recuperación, trasladada por unos meses en Munich, en su Alemania natal, junto a su familia.
Ella continúa rebosante de vida, como siempre y soñando despierta por volver a la respirar el aire limpio, puro, indescriptible y mágico de las montañas. Pese a la escayola en su pierna, su mente no descansa… y ya está buscando compañero de cuerda, por los alrededores de Munich, para escalar lo que pueda, aún convaleciente… ¡¡¡Increíble torbellino de vida!!!
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| Isabel, tras las operaciones, ya sana y salva en el hospital de La Paz, disfrutando de su cheese cake favorito. (Foto: Ian Grant). |
Y para todos aquellos que aún no se han convencido de que Isabel es de una pasta especial solo nos queda mostraros algunas de las fotos de su visita a Madrid, donde alejados de los hospitales y del macizo de condoriri volvimos a encontrarnos Isabel, Benja y Dani… ¿cervecitas por La Latina? Pues si, pero también escalada en el rocódromo de la Cuña Verde y de Manoteras (¡¡¡y no subimos a La Cabrera porque la aproximación a la pata coja podría ser interminable!!!!)
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